Solo quiero que mi vida, se contabilice no por épocas, sino canciones; que la gente que me rodea se obnubilase en frascos ponzoñosos, encerrados para siempre en estantes con candados. Mi mente errante compelida, encadenada al destierro, sin brío, inocua a las estirpes predominantes; la privan de volar, retienen su hálito de los umbrales perpetuos. El espíritu castrado por la civilización, está, erigiendo grandes rascacielos, pavimentando sobre los gélidos cadáveres de los poetas, la gran sombra de las construcciones endebles interpone la vista de los robles, los abedules, las leguminosas, los tulipanes, las magnolias, las cuencas, pinos e inmortales montañas que se congregan al éxtasis de la primavera de Stravinski.
Cual mundo es éste, sanguinario, déspota, opresor, flagelador, agobiante, malévolo, cancerígeno, infernal, miserable, estrepitoso y antihumano, donde las horcas, guillotinas y hogueras se ven tan apacibles, y los senderos de otoño, sacras montañas, ríos cristalinos se avizoran en el rabillo del Dios utópico, que priva la entrada a sus pajes. Solo queda desdibujar lo que ven mis ojos, en mi vórtice oculto yaceré, contemplando el caos esparciéndose sobre la llanura, pendiendo de un hilo, mi locura abraza mis clamores, mi tintero se convierte en sangre de ancestros, mi mirada en el espejo intrínseco de mis quiméricos sueños…
Sin fundar mi causa en la nada, perdí toda esperanza en la humanidad, no quiero respirar en vano, quiero que mi lecho de muerte sean centellares de estrellas, que mis labios se pierdan en las piernas de una dama, mientras que mi adoctrinamiento mental se deshace en el abismo.
Si cada uno es Dios creador, porqué yo no ser mi propio ángel exterminador, subyugar la herida, yuxtaponer mis ideales a los ídolos de oro macizo que me esclavizaron, ser el puñal que hurgo en mis vísceras, ser el fuego que destruye del que brotan nuevas semillas, ser iconoclasta en mi templo libre de ataduras.
Desde ahí, ya podría decir que estoy viviendo.
Amadeus Renn
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