Los bosques de várzea en fogones sibilinos, esparcen su centelleo por las cecropias vírgenes; en la reticente mirada del aborigen menguado, los ríos blancos adaptan un rojo ciclamino deletéreo, los cielos hermanados con el panorama, rasgan su gris cortina y dejan caer estacas sobre los valles, colinas, alcores y campiñas. En las cosechas las larvas y gusarapos se apoderan de todo tipo de coliflores, alcachofas, espárragos, mastuerzos… La música de Stockhausen divaga por las villas aledañas a los viñedos y cosechas; los felinos encrespados en canecas buscan redención, las cortinas se cierran, los pozos sin agua para abastecer al vagabundo que gorgotea el apocalipsis, los frailes onanistas se vuelven leprosos, las concubinas del pórtico son condecoradas por el alcalde con su bragueta tortuosamente desabrochada; el poeta atrapado en una botella de vino de dudosa cosecha, se clava un puñal en el cabaret; del cielo caen sapos, las personas son carne purulenta atadas a mástiles esperando que Cinosura estalle en mil pedazos.
He aquí este experimento fallido, libre de conspiraciones numerológicas, de mentes sobrepuestas a situaciones inverosímiles, destrucción de la humanidad procurando dejar a las hormigas vagar en su turno en mundos sistematizados por pesadillas; hemos acabado con todo, solo queda lo supuesto para que la media consciencia que reposa en la lobreguez, sea liberada y conceda al mundo como verdaderamente es. Solo quedan las jaulas, las estatuas sin cabeza, los pisos agrietados, los cuerpos sin vida en los campos, los escombros de las ciudades configurando tormentas de mugre agazapados por el poco viento que se filtra del rabillo de las deidades curiosas.
Su génesis en la naturaleza, su corrupción en la humanidad y su perfección en su destrucción…lo que sigue esta en las estrellas.
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